15 de febrero de 2019

¿Por qué se produce el estreñimiento?

El dolor que se produce con la deposición es una experiencia desagradable para el niño, que intentará evitar a toda costa. Este dolor puede producirse por hábitos dietétitos inadecuados, como una alimentación baja en fibra y escasa ingesta de agua, situaciones de tensión emocional, algunos fármacos, miedo a defecar o falta de tiempo.


Cuando el niño siente las ganas de hacer deposición y se niega a hacerla por el motivo que sea, lo que hace para ello es contraer el esfínter anal externo de forma voluntaria:"retiene la caca". Esta masa fecal queda acumulada en la ampolla rectal. Cuando esto se produce repetidamente "tengo ganas de hacer caca --> retengo la caca --> se acumula en el recto", lo que ocurre es una distensión progresiva del recto, pudiendo incluso llegar hasta el colon descendente, reteniendo todavía más cantidad de heces.
Cuanto más tiempo se mantenga ese bolo fecal ahí, más agua se absorberá, y por lo tanto las heces se harán más duras. Con ello, se hará más difícil su eliminación ya que se "impactará", pudiendo producir dolor abdominal. A veces lo que ocurre es que hay tal cantidad de heces en el recto, que finalmente acaba expulsándose por "rebosamiento", el niño mancha el calzoncillo o "se hace caca" sin darse cuenta: es lo que se llama encopresis.

Debemos evitar entrar en este círculo vicioso de "dolor al defecar / retención / acumulación de heces cada vez más duras / más dolor al defecar" con el tratamiento adecuado, que se basará en medidas conductuales, dietéticas y en el uso de preparados farmacéuticos si es necesario. Podéis echar un vistazo al tratamiento del estreñimiento aquí.


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14 de febrero de 2019

Las bronquiolitis

Las bronquiolitis nos traen de cabeza tanto a pediatras como a padres. En invierno son una de las patologías que más vemos en bebés en la consulta, y además son motivo frecuente de ingreso hospitalario durante el invierno .


¿Qué son las bronquiolitis?
Se llama así al primer episodio de infección respiratoria que afecta a vía pequeña de un niño menor a 2 años. La parte del sistema respiratorio que se afecta son los bronquiolos, que se inflaman y se llenan de moco. Esto hace que se produzca una obstrucción a la entrada de aire, y da lugar a los "pitidos" o sibilancias que escuchamos con el fonendoscopio, y que incluso los padres podéis escuchar si acercáis el oído al pecho de vuestros hijos.
Son infecciones producidas por virus, siendo el agente causal más frecuente el virus respiratorio sincitial (VRS). Otros virus son el de la gripe, el rinovirus, el adenovirus o el parainfluenza.
En adultos o niños más mayores la misma infección suele cursar como un cuadro catarral sin mayores complicaciones, pero los niños pequeños al tener unas vías respiratorias más pequeñas, se obstruyen con más facilidad.
Es una enfermedad muy habitual, ya que 1 de cada 3 niños la padecen. Es especialmente frecuente entre los 2 y 6 meses de edad.

¿Qué síntomas produce?
Inicialmente parece un cuadro catarral, aparece moco nasal, tos leve y a veces fiebre.  Progresivamente la tos empeora y puede aparecer dificultad respiratoria, que podemos diferenciar de la respiración normal porque al niño se le marcan las costillas al respirar, o respira "levantando" el abdomen. Esto es debido a la incapacidad de los pulmones para llenarse con normalidad, que se ayudan de los músculos intercostales y abdominales para conseguirlo. Además la respiración se vuelve más rápida y agitada. Muchas veces también rechazan las tomas debido a la fatiga.
En general las bronquiolitis tienen una duración de unos 7-10 días, pero la tos puede durar incluso un mes.
Suelen ser más graves en los bebés más pequeños, en los prematuros, y en casos de inmunodeficiencia, enfermedad respiratoria de base o cardiopatía congénita.

¿Cómo se diagnostica?
No hay ninguna prueba para diagnosticar la bronquiolitis. No hace falta ninguna prueba complementaria de tipo radiológico ni analítico. El diagnóstico nos lo dará la auscultación. Existen algunas pruebas microbiológicas que se hacen en el moco nasal que nos ayudarán a determinar el agente causal.


¿Cómo se trata?
Lamentablemente a día de hoy no hay ninguna medicina o fármaco eficaz para combatir esta infección. La bronquiolitis debemos pasarla, y el tratamiento estará dirigido a aliviar los síntomas.
En las bronquiolitis serán fundamentales medidas de soporte y cuidados generales:
  • Hacer lavados nasales con suero salino fisiológico si hay mucha congestión nasal, sobre todo antes de las tomas y antes de dormir. 
  • Mantener al niño bien hidratado, ofreciendo líquidos (agua o leche) de forma frecuente. Suelen tolerar mejor tomas más pequeñas pero más frecuentes. 
  • Posición semiincorporada, unos 30 grados, esto les ayuda a respirar mejor. 
  • Si tiene fiebre se pueden dar antitérmicos si es necesario. Puedes revisar el tratamiento de la fiebre aquí
  • En cuanto al empleo de fármacos, si revisamos la literatura científica resulta bastante desalentadora. El uso de broncodilatadores como el salbutamol (Ventolin) o los corticoides orales no está demostrado que mejore su evolución. Sin embargo, si vuestros hijos han tenido algún episodio de bronquiolitis sabréis que muchas veces estos se usan. Su uso debe ser individualizado, ya que algunos niños sí que mejoran con ellos. 
  • Los jarabes mucolíticos o antitusígenos no están indicados y pueden ser perjudiciales.
  • Los antibióticos son solamente útiles en caso de infección bacteriana, por lo que en este caso no juegan ningún papel, ya que son infecciones producidas por virus.

¿Cuáles son los signos de alarma?
  • Dificultad respiratoria: respiración muy agitada o rápida, las costillas se marcan, se hunde el cuello, se mueve mucho el abdomen... en los bebés más pequeños, esta dificultad respiratoria puede no ser tan evidente, y pueden aparecer apneas (cese de la respiración durante unos segundos).
  • Color azulado alrededor de los labios o uñas. 
  • Rechazo de la alimentación: es normal que coman menos de lo habitual durante el proceso, pero si come menos de la mitad de lo habitual, es aconsejable acudir al pediatra. 
  • Mal estado general, decaimiento, somnolencia. 

¿Cómo se puede prevenir?
Una vez tenemos tos y mocos no hay forma de evitar que desencadene en una bronquiolitis si esto iba a ocurrir. Así que eso de "dame algún medicamento para evitar que vaya a más" no sirve de nada. Ningún fármaco evita esta progresión. Lo que sí es cierto es que hay varios factores que podemos controlar como son:
  • Lavado de manos frecuente.
  • Evitar contacto con personas enfermas. Para un adulto la infección puede ser un simple resfriado común, pero en el lactante, sobre todo en los más pequeños, la enfermedad puede ser mucho peor.
  • Evitar la exposición al tabaco. Ya que el humo del tabaco empeora la evolución de las bronquiolitis, así como de otros cuadros de bronquitis de repetición como en caso de asma. Así que ya sabéis, no fumar en casa.
  • Promover la lactancia materna, ya que es un factor protector contra esta enfermedad.

Si ha tenido una bronquiolitis, ¿significa que será asmático?
Los niños que han tenido una bronquiolitis tienen más riesgo sufrir episodios similares, es decir, tener episodios de tos con pitos en el pecho y/o dificultad respiratoria asociados a catarros o infecciones respiratorias. Y aunque en la práctica muchas veces se llaman "bronquiolitis" a los distintos episodios, técnicamente se denomina de esta manera al primer episodio. Los siguientes episodios se denominan "sibilancias recurrentes del lactante", "hiperreactividad bronquial" o "bronquitis". Suele pasar los primeros 3-4 años de vida, sin que esto signifique que serán asmáticos. Sí que es cierto que hay un grupo de niños, genéticamente predispuestos, que podrían desarrollar asma posteriormente.
Si las crisis son muy repetidas, a veces se puede prescribir medicación que ayuda a prevenirlas, de modo que aunque no previene las recaídas al 100%, puede espaciarlas y/o hacerlas menos graves.

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10 de febrero de 2019

¿Cual es el mejor yogur para mi hijo?

El yogur es un alimento nutricionalmente interesante para la población infantil, ya que tiene una densidad calórica baja, una buena proporción entre los distintos macronutrientes (hidratos de carbono, grasas, proteínas de alto valor biológico), tiene calcio fácilmente absorbible para nuestro organismo, así como otros minerales y vitaminas liposolubles. Tiene muy poca cantidad de lactosa, por lo que es una buena opción para aquellos niños con intolerancia a la lactosa que no quieran renunciar a los lácteos. Además, al ser un producto fermentado, es más fácil de digerir y tolerar.


Cuando vamos al supermercado, a veces podemos sentirnos abrumados por la oferta tan grande que tenemos en estos productos lácteos: yogures azucarados, edulcorados, con frutas, cereales, de sabores, líquidos... Pero si nos ponemos a mirar listas de ingredientes y tablas nutricionales, veremos que las opciones saludables son las minoritarias.

¿Cual será el tipo de yogur ideal para nuestros hijos? 
El YOGUR NATURAL sin azúcar. Sí, el de toda la vida. Para saber qué yogur elegir debemos mirar dos cosas. Primero, la lista de ingredientes. El más adecuado será aquel con los ingredientes más básicos: leche, fermentos lácticos, y ¡poco más! Y en segundo lugar, la tabla nutricional. Un buen yogur, tendrá entre 4-5 gramos de azúcares por cada 100 gramos. Mayores cantidades nos podrían estar indicando que tiene azúcares añadidos, además de los naturalmente presentes.


Otra buena opción son los yogures griegos. Son algo más calóricos, por lo que su consumo debería ser algo más ocasional.
No es necesario que los yogures sean desnatados. Mejor que sean elaborados con leche entera.
Otras opciones como "El primer danone", Danonino, y en general aquellos que tengan la coletilla de "infantil" o "junior" suelen tener demasiados azúcares. Recordad leer siempre etiquietas.

¿Y si no le gusta el sabor?
Algunos podréis decir que estos yogures tienen sabor ácido y que no les gustan a vuestros hijos. Lo ideal es ir acostumbrando el paladar a los sabores reales, sin necesidad de endulzar. Pero en cualquier caso siempre podremos añadir fruta en trozos o triturada. Recordad que la miel no debe darse antes del año de vida para endulzar, por riesgo de botulismo.

¿A qué edad se puede ofrecer el yogur?
Debemos saber que si un niño recibe lactancia materna, o en su defecto artificial, no necesita más lácteos a mayores. Por ello es recomendable esperar al menos hasta los 9 meses, momento en que se puede empezar a ofrecer en pequeñas cantidades.

¿Y si no quiere yogur?
Recordad que los lácteos no son la única fuente de calcio. Son alimentos interesantes, sí, pero no son imprescindibles en la alimentación de los niños ni de los adultos.

25 de enero de 2019

Fiebre en niños

Ahora con las guarderías, los colegios y la llegada del frío, los virus vuelven a ser protagonistas, y con las infecciones muchas veces viene la fiebre. Así que, que mejor momento para recordar algunos datos sobre ella y que no cunda la "fiebrefobia" cuando nuestros pequeños estén enfermos.


¿Qué es la fiebre?
Se trata de un síntoma - que no una enfermedad - que consiste en tener una temperatura axilar mayor a 38 grados. Hablamos sin embargo de febrícula cuando la temperatura se encuentra entre 37 y 38 ºC.
El aumento de la temperatura corporal no es más que una herramienta que tiene nuestro organismo para defenderse. Y es que se ha comprobado que la fiebre es un mecanismo fisiológico para aumentar la eficacia de nuestro sistema inmunitario: dificulta el crecimiento bacteriano y la replicación viral. Así pues, lejos de ser nuestra enemiga, puede resultar incluso nuestra aliada.

Fiebre no es siempre sinónimo de infección. Por ejemplo, en niños muy pequeños un sobreabrigo puede aumentar su temperatura corporal. Así mismo algunas vacunas, pueden también incrementarla

Si tiene fiebre alta, ¿es perjudicial? ¿Puede convulsionar?
Es importante recordar que la fiebre en sí no es mala. No produce daño cerebral, ni ceguera, sordera o muerte. 
Sí que es cierto que un pequeño porcentaje de niños tiene predisposición a tener convulsiones por fiebre, pero su tratamiento con antitérmicos no las evita. Existe más probabilidades de tener una convulsión febril si hay historia familiar de convulsiones febriles (por su transmisión genética) o en niños con retraso madurativo. 

¿Cuando debemos preocuparnos?
Cuando un niño tiene fiebre, ante todo, tranquilidad. Debemos después fijarnos en otros síntomas y signos secundarios que nos pueden orientar a un cuadro banal o a algo grave. Por ejemplo, si nuestro niño tiene un buen estado general, se muestra activo, sigue jugando, tiene buen color... podemos guardar la calma. Pero sin embargo, hay ciertos signos de alarma que debemos tener en cuenta ante un niño con fiebre:
  • Mal estado general, irritabilidad, letargia, decaimiento, confusión, no respuesta a estímulos físicos o verbales, dificultad para respirar
  • Presencia de petequias en la piel, esto es, manchitas rojas, generalmente puntiformes, que no desaparecen a la presión, sobre todo las que aparecen de la linea intermamilar hacia abajo. Las que aparecen por encima de esta linea imaginaria, pueden deberse simplemente por el esfuerzo que implican los vómitos o la tos repetida. Así mismo, una infección vírica también puede producir petequias.
  • En niños menores de 3 meses la fiebre adquiere mayor importancia, porque puede ser un síntoma de bacteriemia oculta.
  • Una temperatura corporal >41ºC.
  • Rigidez de nuca franca: sólo puede explorarse en niños mayores de 1-2 años. Se dice que hay rigidez de nuca cuando el niño no es capaz de sujetar un papel entre su mentón con la boca cerrada sobre su pecho. En cualquier caso, una temperatura corporal elevada puede producir cierta rigidez nucal, por lo que habría que valorarlo de nuevo tras bajar la fiebre.
  • Convulsiones, sobre todo si es la primera vez que ocurre.
¿Cuando se trata la fiebre?
No es necesario tratar la fiebre en sí e intentar bajarla hasta la temperatura  habitual. Lo que hay que tratar es el MALESTAR que acompaña a la fiebre o el dolor. 
Es decir, si nuestro hijo tiene 38ºC pero se encuentra activo y jugando, no hay que hacer NADA. 

¿Cómo debo tratar la fiebre?
El tratamiento de la fiebre se basa en medidas físicas y farmacológicas. 
Entre las medidas físicas se encuentran:
  • Permitir que el niño pierda el calor sobrante desabrigándole. Se le puede dejar simplemente con una camiseta o un body.
  • Ofrecer líquidos con frecuencia para recuperar las pérdidas y evitar las deshidrataciones.
La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria desaconseja el uso de paños húmedos, friegas de alcohol, desnudar a los niños completamente, duchas y baños. 
Ante una febrícula (temperatura axilar entre 37-38 ºC) puede ser suficiente con medidas físicas, ya que existe una tendencia exagerada a tratar con fármacos cualquier ligero aumento de la temperatura corporal

Ante la fiebre que se acompañe de malestar general y/o dolor, además de la medidas físicas descritas se pueden emplear fármacos antitérmicos. Los más conocidos son el paracetamol (apiretal) y el ibuprofeno (dalsy). El paracetamol puede darse cada 4-6 horas, y el ibuprofeno cada 6-8  horas.
El primero se puede dar a cualquier edad, y el ibuprofeno a partir de los 6 meses. Os invito a releer el post "¿Cuanto dalsy hay que darle al niño?" para recordar la dosificación de estos medicamentos y las diferencias que existen entre paracetamol e ibuprofeno.

Los antitérmicos NO CURAN nada. Solo constituyen un tratamiento sintomático, para que los niños (y los padres) se sientan mejor. Como os decía, la fiebre en muchos casos es "buena", por lo que no es necesario dar antitérmicos sistemáticamente si el niño tiene fiebre pero excelente estado general. Es decir, si el niño tiene 37.5ºC pero se encuentra postrado y alicaído, es mayor motivo para tratarle que el niño con 38.5ºC pero que está contento, activo y "dando guerra". Así pues, a la hora de dar antitérmicos, mirad a vuestro hijo, no al termómetro.

También es importante recordar que ni la cantidad de fiebre ni su descenso tras la toma de antitérmicos orienta hacia la gravedad de la infección. 

Los antibióticos así mismo tampoco curan la fiebre. Hay muchos cuadros que producen fiebre que se resuelven solos, ya que muchos de ellos (la gran mayoría) están causados por virus. Y es que los antibióticos son unos fármacos que luchan solamente contra las bacterias. El empleo injustificado e indiscriminado de los antibióticos es la causa de que muchas bacterias se hagan resistentes a los mismos.

La pregunta del millón, ¿es aconsejable alterar antitérmicos?
La respuesta es NO. Lo ideal es elegir uno de ellos y seguir con ese, alternando con el otro solo si es necesario, es decir, si tras la toma de un fármaco los síntomas persisten o recurren antes de que podamos dar la siguiente dosis. Por ejemplo, si hemos dado paracetamol, y al cabo de unas horas el niño sigue con malestar, podemos dar ibuprofeno. Lo que no debemos hacer es dar un antitérmico distinto cada 4 horas de forma sistemática. 
Tenemos que tener en cuenta que el antitérmico bajará la fiebre 1-1.5ºC. Tampoco podemos pretender que el niño que tenga 39.8ºC se quede en 36.5ºC. Si el niño ya se encuentra bien, aunque persista algo febril, tampoco hay que sobremedicarlo. 

¿Se debe utilizar antitérmico para prevenir reacciones vacunales?
La respuesta es NO. No es necesario darles antes de la vacunación, o durante. Lo aconsejable es administrarlos solo si después de la vacunación se genera fiebre que genera malestar o dolor. 


28 de septiembre de 2016

Lo que debes saber para controlar la dermatitis atópica de tu hijo

La dermatitis atópica es una enfermedad de la piel que se caracteriza por sequedad, picor y aparición de eczemas. Es una enfermedad crónica, que aparece en brotes que alterna con fases de remisión, en los que la piel está mejor.
Aunque ya os hablé de las características de esta enfermedad en este post, hoy me quiero centrar en las medidas no farmacológicas que como madres podéis tomar en casa para prevenir y llevar mejor la enfermedad de vuestros hijos.

Es necesario comprender que no hay una cura milagrosa para la dermatitis atópica, ya que se trata de una enfermedad crónica que no tiene tratamiento curativo, pero que en general mejora con la edad. La duración y las molestias  pueden reducirse considerablemente si cuidamos la piel del niño y realizamos el tratamiento de los brotes adecuadamente según indicaciones de nuestro pediatra.


A veces, simplemente evitando factores que pueden desencadenar un brote o controlando la sequedad propia de la piel, podemos disminuir la probabilidad de que se produzca una recaída. Siguiendo los siguientes consejos podremos conseguir controlar la enfermedad.

1. Evitar tejidos irritantes: La ropa interior, la ropa de cama (sábanas, fundas de almohada, etc) y en general toda la ropa que esté en contacto con la piel del niño es mejor que sea de algodón 100% e idealmente blancas, para evitar además colorantes que puedan actuar como factores irritantes. Los tejidos de lana o de fibra sintética es mejor evitarlos. Es además aconsejable lavar la ropa antes de estrenarla la primera vez, evitar suavizantes, y usar jabones suaves no detergentes. La ropa no debe llevar etiquetas ni costuras gruesas que rocen la piel, ya que algunas fibras de las etiquetas pueden contener irritantes que producen inflamación y aumento del picor.

2, Evitar la sudoración: evitar ropas apretadas o demasiado abrigo. Además, el calor excesivo en la vivienda, sobre todo en el propio dormitorio del niño, es un factor activador del proceso inflamatorio de la piel.

3. El clima y la humedad ambiental: El frío, por otro lado, también ayuda a la deshidratación de la piel, es por ello que el niño atópico empeora durante el invierno y mejora en verano. El sol en sí mismo, el grado de humedad ambiental y las sales del agua del mar mejoran la dermatitis. Por eso es recomendable que en verano los niños se bañen en el mar. El cloro de las piscinas, sin embargo, es un irritante. Por ello es recomendable duchar a los niños en cuanto salgan de estas aguas.
La baja humedad ambiental, por ambientes secos o por calefacción, empeoran el estado de la piel. Los cambios de temperatura bruscos también empeoran el picor y la aparición de lesiones de dermatitis atópica.

5. Hidratar, hidratar e hidratar. Un pilar fundamentalmente en el tratamiento es restaurar la barrera cutánea mediante cremas emolientes. Da igual la marca. Es cuestión de ir probando hasta encontrar la que mejor nos vaya, y continuar con esa. Lo ideal es aplicarlas diariamente sobre las zonas afectas de la piel, al menos dos veces al día. Si la dermatitis está muy bien controlada, podría reducirse a una vez al día o incluso aplicarlos de forma intermitente.

6 .El momento del baño ha de ser breve, no mayor de 5-10 minutos. Mejor ducha, cuando ya son niños más mayorcitos. El agua idealmente debe estar tibia o no muy caliente. El baño debe mantenerse incluso cuando haya lesiones activas importantes, exudativas o infectadas, ya que el baño ayuda a limpiar la piel, elimina las costras y facilita la aplicación posterior de cremas hidratantes o fármacos tópicos. Se recomienda utilizar un jabón de avena o con un pH ácido o neutro, dado que así se protege en manto graso de la piel y se dificulta la colonización por bacterias. El secado debe ser con una toalla de algodón, y a toquecitos, evitando frotar o restregar. Con la piel todavía ligeramente húmeda, se puede aplicar un aceite de baño o una crema hidratante. Un baño sin la posterior aplicación de crema hidratante o aceite, genera más sequedad y picor, por eso es el mejor momento para aplicarlas. Los corticoides tópicos pueden aplicarse después del baño. Para la administración de tacrolimus (Protopic) o pimecrolimus (Elidel) es mejor esperar a una hora después del baño con la piel seca. No es recomendable una frecuencia mayor de 2-3 baños/duchas semanales.
Si estamos hablando de un bebé, en los cambios de pañal es mejor usar agua solamente. Se reserva el jabón para cuando realmente lo necesite por estar sucio.


7. Se recomienda que los niños con dermatitis atópica tengan siempre las uñas bien cortadas y limpias, para evitar lesionarse con el rascado y sobreinfectar la piel.

8. En niños con alergia a los ácaros, el contacto directo de estos con la piel puede desencadenar brotes de dermatitis atópica. En estos casos es importante realizar control ambiental, es decir, realizar una buena limpieza de la casa, evitar el polvo quitando peluches, alfombras, cortinas, libros de las estanterías en la habitación del niño,pósters, etc. En caso de niños con alergia a animales, es útil evitar la presencia de estos en el interior del domicilio. En cualquier caso, y aunque el niño no sea alérgico a los ácaros del polvo o las proteínas de los animales, deben tomarse estas medidas ya sólo por el efecto irritante que tienen sobre la piel y la posible sensibilización a ellos a lo largo del tiempo.

9. En el momento actual no existe evidencia científica que avale la eficacia de la dieta de eliminación de alimentos en el tratamiento de la dermatitis atópica. No se ha visto que eliminando alimentos como la leche, el huevo, los frutos secos.. la enfermedad mejore. Sólo se excluirán de la dieta en caso de demostrarse la alergia. Nunca se debe eliminar un alimento de la dieta que se bien tolerado por el niño.

10. El estrés puede favorecer la aparición de un brote, sobre todo en niños mayores y adolescentes.

Algunas veces, y aún controlando los factores desencadenantes de la enfermedad, puede aparecer un brote. En este caso será necesario tratamiento con corticoides tópicos, a los que podrá añadirse inmunomoduladores tópicos, antibioterapia tópica, o incluso tratamiento sistémico si el brote es grave o extenso.

La dermatitis atópica es una enfermedad que puede ser muy latosa, por su curso crónico y recidivante. Pero debemos tener en cuenta que en la mayoría de las ocasiones será una enfermedad leve y que desaparecerá en torno a los 7-8 años de edad. Mientras tanto, mejor prevenir, hidratando la piel a fondo, que curar el brote.
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